Libro CREES QUE PUEDO SANARTE

Wilfredo Aguilar

¿Crees que puedo sanarte?

Una pregunta que atraviesa el tiempo, la duda y el dolor

La pregunta central

“¿Crees que puedo hacer esto?” Tu respuesta determinará tu milagro.

01 Capítulo 1 de 12

La fe que persigue

Los dos ciegos

La fe que persigue no es elegante. Es ruidosa. Es insistente. Es esa que no acepta un “no” como respuesta final.

Mateo dice que Jesús pasaba y dos ciegos le seguían gritando. La palabra griega para “seguían” es akoloutheo, la misma que se usa para discipulado. No eran curiosos. Eran discípulos ciegos. ¿Cómo sigues a alguien que no ves? Sigues su voz. Sigues el rumor de lo que ha hecho por otros.

Jesús no los sanó al instante. ¿Por qué? Porque quería llevarlos de la calle a la casa. En la calle hay multitud, distracción, opinión ajena. En la casa hay intimidad. Muchos quieren el milagro de la calle, pero Jesús quiere darte el milagro de la casa: no solo vista, sino cercanía.

Cuando entraron, les tocó los ojos. El toque de Jesús es siempre personal. No sanó a distancia. Los tocó. La fe que persigue termina en contacto. Y luego hizo la pregunta que es el corazón de este libro: “¿Creen que puedo hacer esto?” No dijo “¿Creen que Dios puede?”. Dijo “¿Que YO puedo?” Está poniendo su identidad en juego.

Ellos dijeron: “Sí, Señor”. No tenían teología perfecta. Tenían una confesión simple. Y Jesús dijo: “Hágase en ustedes conforme a su fe”. Nota: no conforme a tu fuerza, conforme a tu fe. Tu fe es el recipiente. Dios nunca pone más aceite del que tu recipiente puede contener. Si quieres más milagro, ensancha tu fe.

Hoy Jesús te lleva a la casa. Tal vez llevas meses gritando. Tal vez te cansaste de seguir. Pero si aún puedes decir “Sí, Señor, creo que Tú puedes”, estás a un toque de ver.

Oración

Señor Jesús, hoy persigo tu voz aunque no vea el camino. Llévame de la calle a la casa. Yo creo que Tú puedes. Hágase en mí conforme a mi fe.

Conforme a vuestra fe os sea hecho.

Mateo 9:29

02 Capítulo 2 de 12

La fe que toca

La mujer del flujo

Doce años sangrando. Doce años gastando. Doce años impura según la ley. Un día dijo: “Si tan solo tocare el borde de su manto, seré salva”.

Esta mujer no tenía derecho legal de estar entre la multitud. Levítico 15 decía que todo lo que tocara quedaba inmundo. Ella había hecho inmunda su cama, su casa, a su familia. Por eso no habló. No gritó. Se arrastró.

Hay dos tipos de fe en los evangelios: la que clama y la que toca. La que clama quiere ser escuchada; la que toca quiere ser perdonada sin hacer ruido. Esta mujer no quería un espectáculo. Quería ser sana y desaparecer. Pero Jesús nunca deja que un toque quede anónimo.

Cuando lo tocó, poder salió de Él. En griego, dynamis. La misma palabra para milagro. Tu toque, aunque sea tembloroso, drena poder del cielo. No es tu fuerza la que sana, es su poder respondiendo a tu fe.

Jesús se detuvo y preguntó: “¿Quién me ha tocado?” Los discípulos se rieron: “¡Todos te aprietan!” Pero Jesús distingue entre el apretón de la multitud y el toque de la fe. La multitud lo rodea, la fe lo toca. Muchos están cerca de Jesús, pocos lo tocan.

La mujer temblando confesó. Jesús no la regañó por tocarlo a escondidas. La llamó “Hija”. Es la única vez que Jesús llama “hija” a alguien en los evangelios. Doce años sin familia, sin templo, sin abrazo, y en un segundo se convierte en hija. Tu fe no solo te sana, te adopta.

Si hoy te da vergüenza tu necesidad, recuerda: no necesitas una oración perfecta, necesitas un toque real. Extiende la mano. Aunque tiemble. Él siente el toque más tímido.

Oración

Jesús, aunque mi fe sea temblorosa, hoy toco el borde de tu manto. Llámame hija. Llámame hijo. Sana lo que nadie ve.

Hija, tu fe te ha hecho salva; ve en paz, y queda sana de tu azote.

Marcos 5:34

03 Capítulo 3 de 12

La fe que no se ofende

La sirofenicia

La mayor prueba de la fe no es la espera. Es la ofensa. ¿Seguirás creyendo cuando la respuesta de Dios parezca fría?

Una madre cananea, pagana, grita por su hija endemoniada. Jesús no responde palabra. Los discípulos dicen: “Despídela”. Luego Jesús dice algo que hoy sería cancelado: “No está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos”.

¿Por qué Jesús, tan tierno con otros, parece tan duro con ella? Porque está probando qué tipo de fe tiene. Hay fe que se ofende y se va. Dice: “Si así me tratas, no te necesito”. Pero hay fe que no se ofende. Fe que dice: “Aun si soy perrillo, los perrillos comen de las migajas”.

En griego, la palabra “perrillo” no es perro callejero (kuon), sino mascota de casa (kunarion). Jesús no la está insultando, la está incluyendo en la casa. Le está diciendo: estás dentro, aunque sea debajo de la mesa. Y ella lo entiende.

Esta mujer es maestra de teología: no discute su indignidad, la usa como argumento. “Sí, Señor, soy indigna, pero tu misericordia es mayor que mi indignidad”. Esa es la lógica del Reino: no venimos por mérito, venimos por migajas, y las migajas del cielo alimentan naciones.

Jesús se asombró: “Oh mujer, grande es tu fe”. Solo dos veces Jesús dijo “grande es tu fe”, y ambas fueron a gentiles. La fe grande no es la que nunca duda, es la que no se ofende cuando Dios no responde como esperabas.

Tal vez oraste y Dios guardó silencio. Tal vez la puerta se cerró. No te ofendas. Sigue debajo de la mesa. Las migajas de hoy serán el banquete de mañana. Su silencio no es rechazo, es examen.

Oración

Señor, aunque no entienda tu silencio, no me ofenderé. Aun las migajas de tu mesa me bastan. Grande es tu misericordia.

¡Oh mujer, grande es tu fe! Hágase contigo como quieres.

Mateo 15:28

04 Capítulo 4 de 12

La fe que asombra a Jesús

El centurión

Hay solo dos veces en los evangelios donde Jesús se asombra. Una por incredulidad, otra por fe. Esta es la historia que lo dejó boquiabierto.

Un centurión romano, militar opresor, se acerca por su siervo enfermo. No era judío, no conocía la Torá, pero entendía de autoridad. “Yo soy hombre bajo autoridad y con autoridad. Digo a uno ‘ve’ y va. Solo di la palabra y mi siervo sanará”.

Este hombre descubrió el secreto del Reino: Jesús no opera por súplica desesperada, opera por palabra de autoridad. No necesitaba que Jesús fuera a su casa. No necesitaba espectáculo. Necesitaba una palabra. Porque entendió que la distancia no es problema para la autoridad.

Nosotros a veces somos como Tomás: “Si no veo, no creo”. El centurión era lo opuesto: “Si Tú dices, ya está hecho”. Su fe no estaba en la presencia física de Jesús, sino en la integridad de su palabra. Esa es la fe que asombra a Jesús: la que cree que una palabra suya pesa más que mil diagnósticos.

Jesús dijo: “Ni aun en Israel he hallado tanta fe”. ¿Qué hizo diferente a este hombre? No tenía herencia espiritual. No creció en la sinagoga. Pero tenía humildad y entendimiento de cómo funciona el mando. Humildad para decir “No soy digno de que entres”, y autoridad para decir “Pero di la palabra”.

La humildad sin fe es falsa modestia. La fe sin humildad es presunción. El centurión las unió. Por eso su siervo fue sanado en esa misma hora. Cuando Jesús encuentra una fe así, no necesita tocar, no necesita ir. Solo habla, y la enfermedad obedece.

Hoy Jesús está buscando en tu casa una fe que lo asombre. No la fe que pide que venga, sino la que le cree aunque no venga. ¿Puedes creer que una palabra suya es suficiente?

Oración

Señor, no soy digno, pero di la palabra. Una palabra tuya basta para sanar mi casa, mi mente, mi cuerpo.

De cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe.

Mateo 8:10

05 Capítulo 5 de 12

La fe que clama desde el margen

Bartimeo

Bartimeo no tenía nombre. Tenía una etiqueta: “el hijo de Timeo, el ciego”. Sentado junto al camino, fuera de la ciudad, fuera del templo, fuera de la historia.

Pero cuando oyó que Jesús pasaba, comenzó a gritar: “¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!” La multitud lo reprendía. La religión siempre quiere silenciar al que grita desde el margen. “Cállate, no molestes al Maestro”.

¿Qué hizo Bartimeo? Gritó más fuerte. Hay momentos en que tu oración no puede ser bonita. Tiene que ser ruidosa. Cuando la multitud te dice que te calles, es señal de que tu milagro está cerca. Si Bartimeo se hubiera callado, habría seguido ciego.

Jesús se detuvo. Es hermoso: el Hijo de Dios, camino a Jerusalén a morir, se detiene por un ciego que grita. Dios nunca está demasiado ocupado para un grito de fe. “Llamadle”, dijo. Y los que lo callaban ahora tienen que decirle: “Ten confianza, levántate, te llama”.

Bartimeo arrojó su capa. Era todo lo que tenía, su manto para el frío y para recoger limosnas. Arrojar la capa es renunciar a la identidad de mendigo antes de ver el milagro. Es un acto profético: ya no la necesitaré.

Jesús le preguntó lo obvio: “¿Qué quieres que te haga?” ¿No era evidente? Quería ver. Pero Jesús quiere que lo digas. La fe específica recibe respuesta específica. “Raboni, que recobre la vista”.

Y al instante vio. Y lo siguió por el camino. Bartimeo no solo recibió vista, recibió propósito. De mendigo en el margen a discípulo en el camino. Tu fe que clama no solo te cambia la condición, te cambia la dirección.

Oración

Hijo de David, ten misericordia de mí. Hoy arrojo mi capa de derrota y grito más fuerte. ¡Raboni, que vea!

Vete, tu fe te ha salvado. Y en seguida recobró la vista.

Marcos 10:52

06 Capítulo 6 de 12

La fe que desciende por el techo

El paralítico

Cuatro amigos. Un paralítico. Una casa abarrotada. Y un techo que no iba a detenerlos.

Jesús estaba enseñando y la casa estaba llena. Lucas dice que había fariseos de toda Galilea. Nadie podía entrar. La fe convencional hubiera dicho: “Volvamos mañana”. Pero la fe creativa dice: “Si no podemos entrar por la puerta, entraremos por el techo”.

Subieron al paralítico al tejado, quitaron las tejas, hicieron un agujero y lo descendieron. Imagina el polvo cayendo sobre la cabeza de los fariseos. Imagina la cara de Jesús mirando hacia arriba y viendo a un hombre bajando en camilla. Marcos dice: “Al ver Jesús la fe de ellos...” ¿De quiénes? De los cuatro amigos. A veces tu milagro depende de la fe de tus amigos.

Jesús vio fe en la acción, no en palabras. Fe que carga, que sube, que rompe techos. Fe que no acepta un “no hay lugar”. Si no hay lugar en la agenda, rompe el techo con ayuno. Si no hay lugar en tu familia, rompe el techo con oración. Dios honra la fe que hace ruido arriba.

Lo primero que Jesús dice no es “Sé sano”, sino “Hijo, tus pecados te son perdonados”. Porque el paralítico no solo necesitaba caminar, necesitaba ser hijo de nuevo. La parálisis exterior era síntoma de una parálisis interior. Jesús siempre ataca la raíz antes que el fruto.

Los fariseos murmuraron: “¿Quién puede perdonar pecados sino Dios?” Y Jesús, para probar que podía perdonar lo invisible, sanó lo visible: “Levántate, toma tu lecho y anda”. Y el hombre se levantó delante de todos.

Tal vez hoy tú eres el paralítico y necesitas amigos que te carguen. O tal vez eres el amigo que necesita cargar a otro. No subestimes el poder de llevar a alguien a Jesús, aunque tengas que romper el techo.

Oración

Jesús, perdona mis pecados y sana mi parálisis. Dame amigos de fe y hazme amigo de fe.

Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados.

Marcos 2:5

07 Capítulo 7 de 12

La fe que camina sobre el agua

Pedro

La barca estaba en medio del mar, azotada por las olas. Era la cuarta vigilia, de 3 a 6 de la mañana, la hora más oscura.

Jesús vino caminando sobre el agua. Los discípulos gritaron de miedo: “¡Un fantasma!” Muchas veces confundimos la respuesta de Dios con un fantasma. Lo que viene a salvarte, por tu miedo, parece lo que viene a hundirte.

Pedro, impulsivo, gritó: “Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti”. Jesús dijo una palabra: “Ven”. Una sola palabra sostuvo a un hombre sobre el mar. No necesitas un sermón para caminar sobre tu tormenta, necesitas un “Ven”.

Pedro descendió y caminó. Mientras miró a Jesús, el agua era piso. Cuando miró el viento, el agua fue tumba. La fe no niega el viento, lo ignora por amor a Jesús. No es que Pedro no viera las olas, es que vio a Jesús más grande que las olas.

Cuando comenzó a hundirse, clamó: “¡Señor, sálvame!” Y al instante Jesús extendió la mano. No esperó a que aprendiera la lección. No lo dejó hundirse para que entendiera. Al instante. Tu clamor en medio del hundimiento tiene respuesta instantánea.

Jesús lo tomó y dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?” No dijo “hombre sin fe”. Dijo “poca fe”. Pedro tenía poca fe, pero poca fe en Jesús es mejor que mucha fe en ti mismo. Poca fe te hace caminar; ninguna fe te deja en la barca.

Entraron a la barca y el viento cesó. El viento no cesó para que Pedro caminara; cesó cuando Pedro volvió a la barca. Algunos vientos solo cesan cuando ya has aprendido a caminar sobre ellos.

Oración

Señor, en esta cuarta vigilia de mi vida, di “Ven”. Aunque tenga poca fe, te miraré a Ti y no al viento.

Al momento Jesús, extendiendo la mano, asió de él.

Mateo 14:31

08 Capítulo 8 de 12

La fe que llora y aún cree

Jairo

Jairo era principal de la sinagoga. Tenía posición, pero su hija de doce años se moría. La posición no te salva de la angustia.

Jairo hizo lo impensable para un religioso: se postró a los pies de Jesús. Un principal postrado es un milagro antes del milagro. La humildad precede a la gloria.

Jesús iba camino a su casa cuando la mujer del flujo interrumpió. Doce años de sangrado interrumpieron doce años de vida. Jairo tuvo que esperar. La espera es parte de la prueba. Mientras esperas tu milagro, Dios está haciendo otro milagro que también te pertenece.

Entonces llegaron de su casa: “Tu hija ha muerto; ¿para qué molestas más al Maestro?” Es la voz que todos hemos oído: “Ya murió, ya no molestes”. Pero Jesús oyó y dijo: “No temas, cree solamente”.

En su casa había llanto y alboroto. Jesús dijo: “La niña no está muerta, sino duerme”. Y se burlaron de Él. La fe que llora y aún cree será burlada. Te dirán que eres iluso. Que no ves la realidad. Pero Jesús llama sueño a lo que el mundo llama muerte.

Sacó a todos fuera. Hay milagros que requieren que saques a los burladores de tu cuarto. No todos pueden estar en la sala de resurrección. Solo Pedro, Jacobo, Juan y los padres.

Tomó la mano de la niña y dijo: “Talita cumi”. No oró largo. Habló a la niña como se le habla a una hija. Y al instante se levantó y andaba. Y Jesús dijo: “Dadle de comer”. Porque después de un milagro, hay que alimentar lo que resucitó.

Oración

Jesús, aunque digan que ya murió, yo creo que solo duerme. Entra a mi casa y di Talita cumi sobre lo que amo.

No temas, cree solamente.

Marcos 5:36

09 Capítulo 9 de 12

Creo, ayuda mi incredulidad

El padre del muchacho

Un padre desesperado. Un hijo endemoniado desde niño. Discípulos que no pudieron. Y una confesión que es la oración más honesta de la Biblia.

El padre dijo: “Si puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros”. Jesús le devolvió la pelota: “¿Si puedes? Al que cree todo le es posible”. Jesús no dijo “todo es posible para Mí”, dijo “para el que cree”. Trasladó la responsabilidad de su poder a nuestra fe.

El padre lloró y dijo: “Creo; ayuda mi incredulidad”. Esta es la fe madura: no la que dice “creo perfectamente”, sino la que dice “creo un poco y lo que no creo, ayúdame Tú”. Dios no rechaza la fe mezclada con duda. La abraza.

Hay cristianos que fingen tener fe gigante. Este padre no fingió. Confesó su contradicción. Y esa honestidad fue suficiente para que Jesús actuara. Jesús no necesita tu perfección, necesita tu sinceridad.

Jesús reprendió al espíritu sordo y mudo y el muchacho quedó como muerto. Todos dijeron: “Está muerto”. Pero Jesús lo tomó de la mano y lo levantó. A veces después de la liberación, parecerá que todo empeoró. No te asustes. Es el último estertor del enemigo antes de irse.

Los discípulos preguntaron: “¿Por qué nosotros no pudimos?” Jesús dijo: “Este género con nada puede salir, sino con oración y ayuno”. Hay niveles de opresión que solo ceden con vida de altar. No es que la oración tenga poder, es que la oración te conecta al que tiene poder.

Si hoy tu fe es 50% fe y 50% miedo, aún puedes venir. Di como él: “Creo, ayuda mi incredulidad”. Esa oración basta.

Oración

Señor, creo en Ti, pero hay partes de mí que dudan. Hoy te traigo mi fe pequeña y mi duda grande. Ayuda mi incredulidad.

Creo; ayuda mi incredulidad.

Marcos 9:24

10 Capítulo 10 de 12

La fe que adora

La mujer que quebró el frasco

Simón el fariseo invitó a Jesús a comer. Quería evaluarlo, no adorarlo. Pero una mujer de la ciudad, pecadora, se enteró y entró sin invitación.

Traía un frasco de alabastro con perfume. Costaba casi un año de salario. No dijo una palabra. Se postró a sus pies, lloró, y con sus lágrimas lavó los pies de Jesús, los secó con sus cabellos, los besó y los ungió.

Simón pensó: “Si este fuera profeta, sabría qué clase de mujer es”. La religión siempre etiqueta a la gente por su pasado. Jesús la etiqueta por su presente: adoradora.

Jesús contó una historia: dos deudores, uno debía 500, otro 50. A ambos se les perdonó. ¿Cuál amará más? El que más debía. Simón, que se creía deudor pequeño, amó poco. La mujer, que sabía que debía mucho, amó mucho.

El perdón no produce amor, pero el amor revela cuánto crees que has sido perdonado. Si amas poco, es porque crees que poco te han perdonado. Si amas mucho, es porque sabes que sin gracia estarías perdido.

Jesús le dijo a la mujer: “Tus pecados te son perdonados”. Los invitados murmuraron. Pero a ella le dijo: “Tu fe te ha salvado, ve en paz”. No fue su perfume, ni sus lágrimas, ni su cabello. Fue su fe expresada en adoración.

Hay fe que pide, fe que toca, fe que grita. Pero la fe más alta es la que adora sin pedir nada. Que entra solo para agradecer. Esa fe siempre sale perdonada y en paz.

Oración

Jesús, hoy no vengo a pedir, vengo a adorar. Con lo más caro que tengo. Mis lágrimas son mi perfume.

Tu fe te ha salvado, ve en paz.

Lucas 7:50

11 Capítulo 11 de 12

La fe que obedece antes de ver

El ciego de Siloé

Los discípulos vieron a un ciego de nacimiento y preguntaron: “¿Quién pecó, este o sus padres?” La religión siempre busca culpables. Jesús busca gloria.

“No es que pecó este, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él”. Tu dolor no es castigo, es escenario. Dios no causó tu noche, pero la usará para mostrar su luz.

Jesús escupió en tierra, hizo lodo con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego. ¡Qué método extraño! Podía haber dicho “sé sano”. Pero usó lodo. ¿Por qué? Porque el hombre fue formado del polvo. Jesús estaba re-haciendo lo que el pecado deshizo. Y usó su saliva, su ADN, su esencia.

Luego le dijo: “Ve a lavarte en el estanque de Siloé”. Siloé significa “Enviado”. El ciego no fue sanado cuando recibió el lodo, fue sanado cuando obedeció. Hay milagros que no ocurren en el templo, sino en el camino de la obediencia.

El ciego no discutió: “¿Por qué lodo? ¿Por qué Siloé?” Simplemente fue. La fe que obedece antes de ver es la fe que ve después de obedecer. Muchos quieren ver para obedecer; el Reino es al revés: obedece para ver.

Fue, se lavó y regresó viendo. Sus vecinos no lo reconocían. “¿No es este el que se sentaba y mendigaba?” El milagro te cambia tanto que los que te conocían mendigando no te reconocen reinando.

Tal vez Dios te está poniendo lodo en los ojos: un proceso incómodo, una instrucción que no entiendes. No te limpies el lodo antes de ir a Siloé. Obedece. El estanque te espera.

Oración

Señor, aunque no entienda el lodo, obedeceré. Llévame a mi Siloé. Quiero volver viendo.

Fue entonces, y se lavó, y regresó viendo.

Juan 9:7

12 Capítulo 12 de 12

Cómo guardar tu milagro

Los diez leprosos

Diez leprosos gritaron: “¡Jesús, ten misericordia!” Jesús no los tocó, les dio una orden: “Id, mostraos a los sacerdotes”. Y mientras iban, fueron limpiados.

La sanidad ocurrió en movimiento. No mientras oraban, sino mientras obedecían. Muchos quieren sentir para ir; Dios dice ve para sentir. Si te quedas esperando sentirte sano, nunca irás. Ve, y en el camino serás limpiado.

Diez fueron sanados, pero solo uno volvió. Uno de diez. ¿Dónde están los nueve? La estadística del agradecimiento es triste: 90% recibe y se va, 10% vuelve a adorar. Jesús preguntó: “¿No son diez los que fueron limpiados? ¿Y los nueve, dónde están?” Jesús cuenta a los que no vuelven.

El que volvió era samaritano, extranjero, el menos esperado. Se postró a los pies de Jesús y le dio gracias. Y Jesús le dijo algo que no le dijo a los nueve: “Levántate, vete; tu fe te ha salvado”. Los diez fueron limpiados, pero solo uno fue salvado. Hay diferencia entre limpieza y salvación. Entre milagro y transformación.

¿Cómo guardas tu milagro? Volviendo. El milagro no termina cuando recibes, termina cuando vuelves a dar gracias. La gratitud es el pegamento del milagro. La queja lo despega.

Los nueve leprosos recibieron un milagro para su cuerpo. El samaritano recibió un milagro para su alma. Porque entendió que el dador es más grande que el regalo. Si solo buscas el regalo, perderás al dador. Si buscas al dador, el regalo se queda.

Hoy vuelve. Antes de seguir tu vida, antes de mostrar tu sanidad al sacerdote, vuelve a los pies de Jesús. Póstrate. Da gracias. Allí tu limpieza se convierte en salvación.

Oración

Jesús, no seré de los nueve que se van. Soy el uno que vuelve. Gracias por mi milagro. Hoy lo guardo con gratitud.

Levántate, vete; tu fe te ha salvado.

Lucas 17:19

¿Cuál será tu respuesta?

Doce historias. Doce tipos de fe. Una sola pregunta: ¿Crees que puedo hacer esto? Tu milagro no depende del tamaño de tu fe, sino del tamaño de tu Dios.

“Hágase en ustedes conforme a su fe.” — Mateo 9:29

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