Lectura diaria 2026
El Padre Nuestro
Mateo 6:9–13
9 Ustedes, pues, oren así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. 10 Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. 11 Danos hoy nuestro pan cotidiano. 12 Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. 13 Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por siempre. Amén.
Señor, Enséñanos a Orar
Lucas 11:2–8
2 Y les dijo: «Cuando oren, digan: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. 3 Danos día tras día nuestro pan cotidiano. 4 Y perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal.»
5 Y les dijo: «¿Quién de ustedes tendrá un amigo, e irá a él a medianoche y le dirá: “Amigo, préstame tres panes, 6 porque un amigo mío ha llegado de viaje, y no tengo qué ponerle delante”; 7 y aquel, desde adentro, responderá y dirá: “No me molestes; la puerta ya está cerrada, y mis hijos están conmigo en cama; no puedo levantarme y dártelos”? 8 Les digo que, aunque no se levante a dárselos por ser su amigo, sin embargo, por su insistencia se levantará y le dará todo lo que necesite.
La Oración de Jesús
Juan 17
1 Estas palabras habló Jesús, y levantó los ojos al cielo y dijo: «Padre, la hora ha llegado. Glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti, 2 como le has dado jurisdicción sobre toda carne, para que dé vida eterna a todos los que le has dado. 3 Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado. 4 Yo te he glorificado en la tierra. He acabado la obra que me diste que hiciera. 5 Y ahora, Padre, glorifícame tú a tu lado con la gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.
6 He manifestado tu nombre a los hombres que me diste del mundo. Tuyos eran, y me los diste, y han guardado tu palabra. 7 Ahora han conocido que todas las cosas que me has dado proceden de ti. 8 Porque las palabras que me diste, les he dado; y ellos las recibieron, y han conocido de verdad que salí de ti, y han creído que tú me enviaste. 9 Yo ruego por ellos. No ruego por el mundo, sino por los que me has dado, porque tuyos son. 10 Y todo lo mío es tuyo, y lo tuyo es mío, y he sido glorificado en ellos. 11 Y ya no estoy en el mundo, pero estos están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros. 12 Cuando estaba con ellos en el mundo, yo los guardaba en tu nombre. A los que me diste, yo los guardé, y ninguno de ellos se perdió sino el hijo de perdición, para que se cumpliera la Escritura. 13 Y ahora voy a ti, y hablo esto en el mundo, para que tengan mi gozo cumplido en sí mismos. 14 Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha aborrecido, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. 15 No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. 16 No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. 17 Santifícalos en tu verdad. Tu palabra es verdad. 18 Como tú me enviaste al mundo, también yo los he enviado al mundo. 19 Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad.
20 No ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, 21 para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste. 22 Y la gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, como nosotros somos uno: 23 yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfeccionados en uno, y para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado como me has amado a mí. 24 Padre, quiero que también aquellos que me has dado estén conmigo donde yo estoy, para que vean mi gloria que me has dado, porque me amaste desde antes de la fundación del mundo. 25 Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido, y estos han conocido que tú me enviaste. 26 Y les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a conocer aún, para que el amor con que me has amado esté en ellos, y yo en ellos.»
Fortalecidos en el Hombre Interior
Efesios 3:14–21
14 Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, 15 de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra, 16 para que les conceda, conforme a las riquezas de su gloria, ser fortalecidos con poder por su Espíritu en el hombre interior, 17 para que habite Cristo por la fe en sus corazones; que ustedes, arraigados y cimentados en amor, 18 puedan comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud y la profundidad y la altura, 19 y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que sean llenos de toda la plenitud de Dios. 20 Y a aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o pensamos, según el poder que actúa en nosotros, 21 a él sea gloria en la iglesia por Cristo Jesús por todas las generaciones, por los siglos de los siglos. Amén.
El Verbo
Juan 1
1 En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. 2 Este era en el principio con Dios. 3 Todas las cosas fueron hechas por medio de él, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho. 4 En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. 5 Y la luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron. 6 Hubo un hombre enviado de Dios, cuyo nombre era Juan. 7 Este vino por testimonio, para dar testimonio de la Luz, a fin de que todos creyeran por medio de él. 8 No era él aquella Luz, sino que fue enviado para dar testimonio de aquella Luz. 9 Aquella era la Luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene al mundo. 10 En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por medio de él, y el mundo no lo conoció. 11 A lo suyo vino, y los suyos no lo recibieron. 12 Pero a todos los que lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio jurisdicción de ser hechos hijos de Dios, 13 los cuales no fueron engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios. 14 Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. 15 Juan dio testimonio de él, y clamó diciendo: «Este era de quien yo decía: “El que viene después de mí ha sido puesto delante de mí, porque era primero que yo.”» 16 Y de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia. 17 Porque la ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. 18 A Dios nadie lo ha visto jamás. El Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, él lo ha dado a conocer.
19 Y este es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron de Jerusalén sacerdotes y levitas para preguntarle: «¿Tú quién eres?» 20 Y confesó, y no negó, sino que confesó: «Yo no soy el Cristo.» 21 Y le preguntaron: «¿Qué, pues? ¿Eres tú Elías?» Y dijo: «No soy.» «¿Eres tú el Profeta?» Y respondió: «No.» 22 Entonces le dijeron: «¿Quién eres, para que demos respuesta a los que nos enviaron? ¿Qué dices de ti mismo?» 23 Dijo: «Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: “Enderecen el camino del Señor,” como dijo el profeta Isaías.» 24 Y los enviados eran de los fariseos. 25 Y le preguntaron y le dijeron: «¿Por qué, pues, bautizas, si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el Profeta?» 26 Juan les respondió diciendo: «Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes está uno a quien ustedes no conocen. 27 Este es el que viene después de mí, el cual es antes de mí, de quien yo no soy digno de desatar la correa del calzado.» 28 Estas cosas sucedieron en Betábara, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando. 29 Al día siguiente Juan ve a Jesús que venía hacia él, y dice: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. 30 Este es aquel de quien yo dije: “Después de mí viene un varón que es antes de mí, porque era primero que yo.” 31 Y yo no lo conocía; pero para que fuese manifestado a Israel, por esto vine yo bautizando con agua.» 32 Y Juan dio testimonio diciendo: «Vi al Espíritu que descendía del cielo como paloma, y permaneció sobre él. 33 Y yo no lo conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, aquel me dijo: “Sobre quien veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, este es el que bautiza con el Espíritu Santo.” 34 Y yo lo vi, y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios.»
35 Al día siguiente otra vez estaba Juan, y dos de sus discípulos. 36 Y mirando a Jesús que andaba, dice: «He aquí el Cordero de Dios.» 37 Y los dos discípulos lo oyeron hablar, y siguieron a Jesús. 38 Entonces Jesús se volvió y vio que lo seguían, y les dice: «¿Qué buscan?» Ellos le dijeron: «Rabí» (que traducido es, Maestro), «¿dónde moras?» 39 Les dice: «Vengan y vean.» Vinieron y vieron dónde moraba, y se quedaron con él aquel día; era como la hora décima. 40 Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y lo habían seguido. 41 Este halló primero a su hermano Simón y le dice: «Hemos hallado al Mesías» (que traducido es, el Cristo). 42 Y lo trajo a Jesús. Y mirándolo Jesús, dijo: «Tú eres Simón, hijo de Jonás. Tú serás llamado Cefas» (que se traduce, Piedra). 43 Al día siguiente Jesús quiso salir a Galilea, y halla a Felipe y le dice: «Sígueme.» 44 Felipe era de Betsaida, la ciudad de Andrés y de Pedro. 45 Felipe halla a Natanael y le dice: «Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, y los profetas: a Jesús de Nazaret, hijo de José.» 46 Y le dijo Natanael: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?» Felipe le dice: «Ven y ve.» 47 Jesús vio a Natanael que venía hacia él, y dice de él: «He aquí un israelita de verdad, en quien no hay engaño.» 48 Le dice Natanael: «¿De dónde me conoces?» Respondió Jesús y le dijo: «Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.» 49 Respondió Natanael y le dice: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel.» 50 Respondió Jesús y le dijo: «¿Porque te dije: “Te vi debajo de la higuera,” crees? Cosas mayores que estas verás.» 51 Y le dice: «De cierto, de cierto les digo: de aquí en adelante verán el cielo abierto, y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre.»
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